

Tomate de ajoblanco con tartar de salmón
Material Necesario
- Batidora
- Papel film
- Aguja
Ingredientes
Ajoblanco
- 2 unds Ajetes
- 100 gr Almendras
- 500 gr Agua
- 100 ml AOVE
- 30 ml Vinagre
- 2 gr/kg Goma xantana
Tomate de ajoblanco
- Manteca de cacao en polvo
Tartar de salmón
- 150 gr Salmón
- 500 gr Sal
- 500 gr Azúcar
- 5 gr Albahaca deshidratada
- 1 und Kumato
- 50 gr Aceitunas sin hueso
Elaboración
Ajoblanco
- Para el ajoblanco trituramos los ajetes, las almendras peladas, el agua, el vinagre y texturizamos con goma xantana. A esa mezcla la montamos con el aceite de oliva para emulsionar. Colamos el ajoblanco y lo guardamos en jarras.
Tomate de ajoblanco
- En un vaso pequeño, lo cubrimos con papel film, vertemos un poco de ajoblanco y hacemos una “bolita” con papel film con un nudo para cerrarlo y darle tensión para que forme estrías similares a las de un tomate. Congelamos.
- Derretimos la manteca de cacao, suficiente cantidad como para sumergir nuestros “tomates de ajoblanco”. Una vez congelados los desenvolvemos y los pinchamos con una aguja, sumergimos brevemente en la manteca de cacao derretida y dejamos descongelar en la nevera toda la noche.
Tartar de salmón
- Para el tartar mezclamos la sal, azúcar y albahaca deshidrata y cubrimos el salmón por 2 o 3 horas, dependiendo del grosor. Aclaramos y secamos el salmón. Cortamos en cubitos el kumato (guardando el pedúnculo de los tomates), las aceitunas y el salmón para hacer un tartar.
Emplatados
- Ponemos el tartar en la base, colocamos un tomate de ajoblanco por ración y decoramos en con el pedúnculo del tomate encima.
Vídeo
Tomate de ajoblanco: un plato que no solo se come… se siente
Hay recetas que van más allá de un simple sabor. Algunas despiertan curiosidad, otras sorprenden. Pero muy pocas consiguen provocar algo más profundo: esa pequeña chispa de emoción cuando, sin esperarlo, algo te impacta. Así es este “tomate” de ajoblanco con tartar de salmón. Un juego visual, sí. Pero también una elaboración fría, fresca y con intención.
Porque lo bonito no está solo en el plato. Está en lo que pasa justo después de romper la capa exterior con la cuchara. Y ahí es donde empieza lo bueno.
Ese momento en que dudas si lo que ves es real
¿Sabes esa sensación cuando algo parece una cosa, pero resulta ser otra totalmente diferente? Esa mezcla entre asombro y simpatía. Eso pasa con este tomate de ajoblanco. A simple vista, parece recién recogido del huerto. Tiene forma, brillo, hasta el pedúnculo. Pero en realidad, está hecho de ajoblanco. Cremoso, frío, suave… nada que ver con lo que aparenta.
La magia no es casualidad. Es técnica. Y ahí entra en juego un ingrediente clave que muchas veces pasa desapercibido: la manteca de cacao.
La manteca de cacao en polvo, la piel que da vida al tomate de ajoblanco
Este ingrediente no es nuevo, pero aquí se usa de forma brillante. Literalmente. La manteca de cacao en polvo, derretida y utilizada como baño para la esfera congelada de ajoblanco, forma una película fina y sedosa que imita a la perfección la piel de un tomate. No solo es un recurso estético. Es estructura, es textura y es sorpresa.
¿Y lo mejor? No aporta sabor, no invade. Solo envuelve. Y cuando rompes con la cuchara, se quiebra con suavidad, dejando que el ajoblanco se derrame sobre el tartar de salmón. Es una especie de explosión fría, delicada, que da gusto ver… y más aún, probar.
-
Manteca de Cacao
32,90 € / unidad (IVA incluido)
Una cucharada que mezcla dos mundos
En la base, un tartar de salmón. Pero no cualquiera. Este viene curado ligeramente en una mezcla de sal, azúcar y albahaca deshidratada. Solo un par de horas. El tiempo justo para darle carácter sin secarlo. Luego se mezcla con kumato en cubitos (con su punto dulce y ácido) y aceitunas negras, que dan ese toque salino que redondea todo.
¿El resultado? Cada bocado combina la grasa sedosa del salmón, la frescura del tomate y la untuosidad almendrada del ajoblanco. Todo en armonía. Nada sobresale. Cada ingrediente se entiende con el otro como si llevaran toda la vida juntos.
Técnica sí, pero con alma
Este plato tiene mucho detrás. Tiempo, precisión, paciencia. Pero no es un plato frío, de laboratorio. Se nota que está pensado desde el cariño. Desde el respeto a lo tradicional y el gusto por los detalles.
Nada está puesto por poner. El ajoblanco se emulsiona con mimo. La goma xantana lo texturiza sin apelmazar. Se congela con cuidado. Se baña en la manteca sin que pierda forma. Y después… espera. Porque necesita una noche en la nevera para que todo esté en su punto. Es cocina que no corre. Cocina que respira.
El detalle del pedúnculo: un guiño que cierra el círculo
Puede parecer una tontería, pero ese pedúnculo real que corona cada “tomate” lo cambia todo. Es lo que engaña del todo al ojo. Lo que hace que quien recibe el plato dude. Lo mire. Sonría. O simplemente diga: “¿pero esto qué es?”.
Ese momento vale oro. Porque sentimos que la comida también es eso: un juego. Una conversación sin palabras entre el cocinero y quien se sienta a la mesa.
Reinterpretar sin perder el norte
Lo que más emociona de este plato es cómo se cuida el origen. El ajoblanco, por ejemplo, no se disfraza. No se transforma en otra cosa. Se respeta. Se potencia. Sigue siendo esa sopa fría de almendras, ajetes, vinagre y aceite, tan nuestra, tan de siempre. Pero se presenta de una forma nueva, limpia, elegante.
¿Merece la pena hacer el tomate de ajoblanco?
Sí. Pero no por postureo. Ni por el “wow” de Instagram. Esta receta merece la pena porque es una experiencia completa: visual, técnica, gustativa y emocional. Es el tipo de plato que te hace parar un momento, disfrutar con calma y pensar: “esto está hecho con cabeza… y con corazón”.



